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Quien viva en Barrios Altos difícilmente mencionará a este como su lugar de origen. Normalmente, como para evadir posibles juicios, refieren el distrito: Cercado de Lima. Y es correcto, hasta bastante atinado cuando entablas una conversación. ¿Quién hablaría de su urbanización o barrio, cuando puede referir, apelando al conocimiento general de la ciudad, su distrito? Pero Barrios Altos es un caso distinto como para adscribirse en esta tendencia. Vaya uno a saber si es por lo peligroso, por su historia o por sus curiosos personajes, como los del cruce del jr. Huánuco con jr. Puno.

Las coordenadas de estas personas son claras para quien conozca y sea un aficionado a los smartphones. Google Maps y su Street View, complemento que ofrece en dimensiones reales las calles, esclarece los límites psicológicos que separan al ciudadano limeño de Barrios Altos. Se ha construido un aura de terror alrededor de este antiguo barrio, cual murallas en tiempos de guerra de las antiguas (modernas) sociedades. En ese cruce de jirones que empiezan desde el centro de Lima, están los hombres que no soportaron el peso de la civilización, donde no importa quién eres, sino tu capacidad de adaptarte a las velocidades ultrasónicas de la modernidad.

***

Anisado más pan con tamal. La dieta dominguera de los dipsómanos. Bajo la resaca del sábado, disfrutan su tóxico desayuno siempre en grupo, nadie puede quedar fuera cuando una sensación de confraternidad los acompaña. No celebran nada, las festividades, en tanto goce y jarana, no existen para ellos. Su mundo, su círculo, su base, no tolera alegrías.

A Diablo lo encuentras afuera del parque del Hospital ‘2 de mayo’, en Barrios Altos. Siempre habla sobre vidas confortables, pasados gloriosos, experiencias casi ajenas, si no fuera por su protagonismo. Hace algún tiempo fue una persona que se adecuaba a la rutina diaria. Despertar, trabajar, dormir. El poder adquisitivo le sonreía. No dice qué hacía ni quién era. ‘No soy nadie, mi vida es esto, lo que ves’, habla con sus amigos, desafiante, Diablo. Ellos son bastante reacios. Incluso peligrosos.

Nunca escuché que hablaran sobre sus familiares. Quizá no les importa, quizá sí. Ellos existen y son indiferentes o infelices, no hay otro posible sentimiento que guarden a Diablo o a La flaca, amiga de Diablo­, o a sus ‘ovejas negras’ como reza el dicho popular, eufemismo de quienes ‘manchan’ el honor de la familia. En fin, no importan. Ellos sí. Solos contra el mundo, brindan una y otra vez por la incertidumbre de sus vidas. ‘Chupa, mierda, me ha costado dos soles este anisado’, grita La flaca, amenazando con una piedra a uno de ellos. El alcohol perturba sus sentidos al punto de pelearse entre ellos mismos.

Algunas veces, las veredas del jr. Huánuco amanecen teñidas de sangre. Parece ser la huella de su acción última: ninguno de ellos está presente, como si este líquido de nuestras entrañas fuera la cumbre del alcoholismo, de sus temerarias peleas.

Algunas veces también, los carros con dirección a la av. Wilson, que pasan por la esquina del jr. Huánuco con Av. Grau, ven a personas andrajosas que limpian sus lunas, manejan el tráfico o llaman a pasajeros, el recurseo cuando no hay si quiera diez míseros céntimos en sus manos. Pero uno, en el carro, va sentado, parado, aplastado, siempre alerta, siempre clavando la mirada. El cobrador les da algunos centavos. Se alejan satisfechos con sus trapos sucios, no más que ellos. Cuadras más adelante, asaltan las dudas. ¿Qué es de ellos?, ¿qué les sucedió? ‘Qué importa, ¿no?’ ‘Se lo merecen’. ‘Se lo han ganado’. ‘El que se quiere malograr, se malogra’, me responden siempre las personas que conozco. Todos en lo mismo, con ese tufillo pretencioso del ideal si-no-te-adaptas-mueres. Pero ¡no sirven ni para eso! Ahora el oficio de esperar los carros para ‘trabajarlos’ requiere condiciones físicas y mentales respetables: achoramiento y vulgar persuasión, son tipos con cierto vigor y poder de convencimiento. Ellos no. Apenas pueden mantenerse en pie. Algunos tienen la nariz desviada, los dientes partidos, los labios hinchados y el espíritu carcomido por la ciudad, ese espacio donde los borrachos, los sobrios y las disonancias de los autos participan de la dialéctica eterna de Lima: si no puedes, pierdes. Shakespeare lo dijo hace varias centurias: la vida es solo ruido y furia.

Autor: César Zevallos

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