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Las ideas del Perú

El Perú, en el último tercio del siglo XVI era el centro del mundo. La historia de la humanidad discurriría, en adelante, en tierras peruanas. La nueva Roma era Lima. Aquí iban a gobernar, gloriosos y épicos, un nuevo Rey y un nuevo Papa. El apocalipsis había llegado y nacería, además, el Anticristo. Una gigantesca cruzada se organizaría desde los Andes. Asimismo, los ángeles habían profetizado el nuevo lugar de donde resurgiría una esplendorosa civilización, tal como anunciaba,
insistentemente, la Biblia. Un novísimo pueblo de mestizos, indios y mujeres, administrarían la siguiente etapa de la sociedad. Europa, en su decadencia, era el pasado. El Perú, significaba el futuro. Igualmente alcanzaba ribetes universales.

Ese megaproyecto civilizatorio, el primero de esas dimensiones colosales, fue propuesto por el teólogo dominico, ex rector de la Universidad de San Marcos, fray Francisco de la Cruz. La Inquisición reaccionó con un largo proceso para desmontar ese relato utópico. Culminó con un auto de fe en El cuerpo, del primer ideólogo de esa magnitud teórica, ardía en la Plaza Mayor, acusado de heresiarca y sedicioso. Con su incineración también se terminó el fundacional relato de posicionar al Perú como foco de una revolución global.

Pero había nacido una interpretación de los códigos textuales y simbólicos para explicarnos como peruanos. Solo años después, en 1609, con Los Comentarios reales, el neoplatónico Garcilaso de la Vega diseñaba una alianza de civilizaciones: la Inca y la española. Imagina un Perú compuesto inevitablemente por dos tradiciones sin roces mayores. Bajo esas claves, los mestizos, ese grupo de desclasados, solicitaban participar en el juego de poder.

Sin embargo, la administración colonial ya no solo excluía a los indios sino también a los mestizos. Éstos comenzaron a reclamar pública y académicamente su inclusión. El modelo imperial los substraía de toda posibilidad real. Por ello iniciaron un reclamo a la Metrópoli. En 1668, en Philosophia tomística, El Lunarejo, Juan Espinosa Medrano, sostenía una estratégica defensa de la peruanidad creciente. Construye una narrativa con una conciencia mayor y profunda sobre lo peruano pero esta vez desde el lado filosófico. Nuestros intelectuales tendrían una equiparidad epistémica con sus pares europeos. No hay ninguna diferencia en niveles de reflexión y capacidad erudita. En el Perú, sustentaba, también podía alcanzarse altos estándares especulativos. Entonces, la argumentación dejaba de ser solamente una defensa de la naturaleza adánica, paradisíaca o abundante en metales preciosos para sostener una táctica inteligente. Al asumirse que los peruanos, en ciernes, son capaces de pensar y ejercer brillantez, era un paso gigantesco a la mera descripción
tropical del ambiente.

La construcción de una promesa

Esa lógica de ir configurando un arsenal de argumentos cada vez más sólidos y extensos sobre el valor de ser peruanos va a mostrarse con contundencia con El Mercurio Peruano (1791-1795). El epíteto delata su osadía: peruano. Científicos y filósofos juntos para construir una promesa. Se avecinaba una ruta del cual no habría regreso. La comunidad académica ya había interiorizado su valor. La agenda, entonces, tenía una forma cada vez más clara: la emancipación. Pero como toda descolonización, el proceso es vehemente, intenso, con vaivenes. ¿Cómo imaginaron luego a la patria naciente?

Es Manuel Lorenzo de Vidaurre, con su Plan del Perú ([1810],1823), que planteaba desde la racionalidad política una necesaria autonomía de España. Apelaba a la razón como guía de la gobernanza y el uso científico de todo sistema de producción. Las máquinas debían facilitar el trabajo. Afirmaba que distribuir equitativamente las riquezas aseguraba la paz social. Además, la propiedad privada siempre tiene que estar en armonía con el bien común. Era un convencido antiesclavista y asiduo lector de Rousseau y Montesquieu. Subrayaba que toda forma de servidumbre era un contrasentido. Su proyecto, como muchos que imaginaron a un Perú menos desigual, terminó prácticamente en el olvido.

Luego nació la República. Ya a esas alturas, la rebelión de Tupac Amaru había sido aplastada furiosamente unas décadas antes. Con ello, la posibilidad de una nación indígena quedó aniquilada.
El Perú nació blanco, varón, letrado, católico. Es decir, fraccionado, partido, desintegrado. Las ideas de monarquía constitucional de Monteagudo, derrotadas. Bolívar y su planteamiento federal,
desbaratados. Lo que siguió es conocido: idas y vueltas de generales y advenedizos peleando. El s. XIX fue una pugna entre liberales y conservadores.

La defensa de los vencidos

La humillante derrota ante Chile (1879), obligó a recapacitar la mismísima composición de la ciudadanía. Manuel González Prada lanzó las acusaciones precisas. A nuestro país excluyente se le sumaba una descomposición tal que brotaba pus. El racismo era sistémico. La corrupción, estructural.

Javier Prado, propugnaba una mezcla de razas como política de Estado. Solo los europeos salvarían al Perú. Encima, la mayoría de la población, seguía sin reconocimiento como ciudadanos. Los indígenas, subyugados. El camino del Perú es una educación científica, respondía Margarita Práxedes Muñoz, positivista, psicoanalista y después teósofa. Son los brillantes Pedro Zulen y Dora Mayer, en 1909, quienes inician uno de los más activos movimientos de lucha social: la Asociación Pro-indígena. Una defensa de los vencidos. La filosofía era un campo de batalla o no era. Mariátegui luego insiste que el problema es fundamentalmente económico. La realidad peruana iba más allá de la teoría. Habían pasado ya cien años desde 1821 y más que celebración, era una conmemoración.

Es a mitad del s. XX que Francisco Miró Quesada asume al Perú como doctrina y le da ruta humanista. Augusto Salazar Bondy responde que eso no es posible si no rompemos la dependencia. Solo tendremos la ficción de ser libres, pero es una perversa ilusión, denuncia. Entender la peruanidad es posible en tanto incorporemos a los pueblos originarios, recalca la maestra María Luisa Rivara. El Perú es anterior a la colonización, exclama. Somos apenas intersecciones de cosmovisiones que conviven. Somos muchos perúes. Múltiples, diversos, diferentes. De todas las
sangres.

@Rubén Quiroz Avila

Lima, 16 de agosto de 2020

Publicado en El Comercio el domingo 28 de julio del 2019

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