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[LIBROS FAVORITOS] “Antología personal” de Carlos Eduardo Zavaleta

Carlos Eduardo Zavaleta

“los hombres, en un intento desesperado por salvarnos del peligro inminente con que nos amenaza el olvido, ese traidor de la memoria natural, nos esforzamos por cultivar, entre otras cosas, la escritura”. Néstor Braunstein

Por: Jacqueline Oyarce Cruz ORCID/ Email /GoogleScholar

Carlos Eduardo Zavaleta (Caraz, 1928-Lima, 2011) considerado por la crítica como uno de los mejores cuentistas peruanos del siglo XX, tuvo una escritura que fue como “su huella digital” y que cultivó durante más de cincuenta años. Una de las constantes es la marca trágica que se puede reconocer en sus cuentos, novelas, ensayos.

En una entrevista realizada con motivo de la presentación de su libro titulado Autobiografía fugaz, él explicó que ello se debía, tal vez, a la influencia de la tragedia griega, pero, por sobre todo, a la vida serrana, la vida de sus primeros años, que tuvo en sí misma una impronta trágica que, según sus propias palabras, no debía disimular.

La verdad sobre su origen

En Autobiografía fugaz Zavaleta aclaró datos sobre su origen. Él nació en un pueblito desconocido llamado La Pampa, en Huaylas, Ancash. Leemos así su explicación:

“Puesto que había nacido en un pequeño pueblo de la provincia de Huaylas, cuyo nombre exacto desconocían en la escuela (¡y lo peor, en los pueblos adonde nos mudábamos!), escogí la capital, y desde entonces dije que había nacido en Caraz. Solo así recordaron el sitio. Tanto que hasta lo repiten los críticos. Es una costumbre serrana el escoger una ciudad grande para nacer; así se replica a quienes creen conocer el país. Pocos saben la diferencia entre provincia y distrito; y antes, era peor cuando se hablaba de “comprensión”, “caserío”, “repartimiento” o “lindero”.

El tema de la muerte

Autobiografía fugáz es resultado de un trabajo mental de recuerdos, selección, elaboración, “digamos”, explicó Zavaleta, “de prelación de unos temas frente a otros”. El no quería olvidar nada, pero por una cuestión de espacio  había dejado atrás muchos detalles. Y no quiso olvidar porque para él, dijo, el olvido es como “la muerte blanca”. Cito:

“Sabíamos que así entrábamos en el olvido perfecto, en la muerte blanca, pues jamás volveríamos a vernos”.

Esta cita corresponde al recuerdo de su primer beso a Olga, un enamoramiento de adolescencia. A este punto me quedé pensando en esta idea de “olvido = muerte blanca”. Por oposición debía existir para él una muerte negra, pero ¿por qué este adjetivo?.

En una conversación me aclaró que la muerte blanca viene a ser la de los amigos, por ejemplo. La “muerte negra”, me dijo, “es aquella que deja algo como una sombra en la vida de uno”. La muerte de la mujer, por ejemplo. Esa sombra permanece en la vida de uno, ahí está, fiel.

Olvido = muerte

Braunstein afirma que “ignoramos que somos lo que olvidamos”. Nietzsche dice que “es del todo imposible vivir sin olvidar”.

¿Qué es entonces el olvido y el recuerdo en la mente de un escritor?

Tal vez sea la base de la creación literaria en la que los recuerdos inmediatos, que se van recreando, dan lugar a un discurso nuevo, algo más desarrollado sobre un primer momento vivido. Nuevo, pero no por ello exento de fantasía.

Lo muerto, se dice, no es el olvido sino la memoria. Muerto está el pasado que la memoria conmemora y así lo consagra como desvanecido, representado, es decir, ausente.

La biografía

¿Qué se hace en un trabajo autobiográfico? Se crea al sujeto, sobre hechos vividos, es cierto, pero, por sobre todo, sobre hechos inventados por la memoria, esa grande inventora. Y cito a Braunstein: “El creador es el inconsciente. El artífice de las combinaciones que, por la vía de la metáfora y la metonímia, transmuta los arenosos datos de la memoria en cristales sedientos de luz. Música y alquímia del verbo.

Zavaleta, escritor y  autobiógrafo sugiere para aquellos que quieran conocerlo:

“Diré en que textos puede el lector ampliar información. Es el único modo en que puedo ayudar a quien desee conocerme, no por mí mismo, sino por lo que un escritor peruano, que empezó su obra en 1948, puede haber sentido, visto u oído sobre su entorno social y literario”.

Ciertamente esta autobiografía nos remite a los detalles de su vida personal con un pie de página que nos conduce a cada uno de sus cuentos en los que está, suponemos, él escondido, en algún personaje, pensando y reflexionando sobre lo que recuerda, ve, siente u oye.

Zavaleta invita a conocerlo a través de sus cuentos.

Sus recuerdos se tejen con ayuda de la fantasía, la experiencia de vida se transmuta poéticamente. Valgan recuerdos en las manos de un escritor, que como escultor de la palabra, va a delinear contornos hasta llegar a la forma que considera más bella, pura o impresionante.

Y es que, de acuerdo a Genet, la acción literaria consiste en tomar como materia prima esos hechos del pasado, y modelarlos en el escritorio creando una nueva realidad, enaltecida y dignificada por el arte.

¿Cómo se conoce al sujeto?

Vuelvo a La memoria, la inventora, de Nestor Braunstein explica que al sujeto se le conoce, no por lo que ha vivido sino por la forma en que lo narra. Zavaleta nos narra sus memorias de una manera dulce, nostálgica y a la vez trágica. Es una vida hecha a manos propias. Se presenta en una ruta de ascenso, épica, y de descenso, trágica. El escribe:

Si alguien me preguntase por el tema de mis libros, diría que es quizá la experiencia trágica de un hombre común (por lo general pobre o de clase media), que lucha contra todos los obstáculos y que a veces triunfa. No importan las pequeñas derrotas por el camino, y tampoco si el triunfo es simbólico o sentimental. El duelo entre el individuo que ama la vida, y la sociedad injusta (o la suerte invisible) está echado. No hay escapatoria, aunque sí esperanza, inclusive en la renuncia.

Una vida de renuncias

¿A qué renunció Zavaleta en una parte de su vida? A mucho, intuimos, pero en la vida del ser queda siempre esa primera renuncia al amar. La renuncia que señala un punto de frustración en el deseo y un punto de partida, a la vez. Ahí están Olga “robusta y alegre” y Maruja, “dulce, reilona y cariñosa”, y ahí esta ese incógnito gran amor de su vida que es el que lo afectó tanto que jamás lo ha contado, sobre el no ha hecho memoria en el texto, aun asi detalla:

Luego de bregar ante otros galanes para que me aceptara la muchacha de mis insomnios, lo logré, con inmensa felicidad, pero no por mucho tiempo. Casi de inmediato le propuse romper, pues carecía de dinero para las invitaciones mínimas, dentro y fuera de la Facultad de Medicina. Nunca le dije la razón, por vergüenza; adrede dejé que pensara que yo era veleidoso.

Aquí está la cicatriz de lo irrecuperable. “Un sujeto es lo que sobrevive a pasiones que fueron y a objetos que se perdieron”. Zavaleta es sobreviviente a estas pasiones que alguna vez fueron y que se cortaron siempre por factores externos a él: la presencia del dinero es en todos los casos de su Autobiografia fugaz, determinante.

La obra

Leemos recuerdos del pequeño pueblo donde nació, de los cambios que experimentó, tanto física como psicológicamente, así como de aquellos que sus ojos y su piel pudieron contemplar y experimentar en el “modus vivendi” de cada grupo humano en la sierra y selva del país, donde le tocó vivir: “cada departamento tiene su paisaje, y quien sabe, su alma” nos dice. Pero no olvidemos que a la verdad del pasado no se la encuentra: se la hace. Y puede que mintiendo. En lo que no nos puede mentir es en revelar a la persona sensitiva e inconforme que encontramos aquí:

En esos desfiles, y en las corridas de toros con que ellos acababan, se veían siempre los señores en sus buenos balcones; nosotros, en seguida, como invitados de segunda clase, y abajo, en la plaza, los indios enfrentando al toro, a las heridas y a la muerte. Pasadas esas fiestas culpables, yo buscaba a la pareja de indios de la cocina. .. a pedirles que me enseñaran el quechua. Fue imposible. O se reían, compasivos, o se avergonzaban… En la escuela nadie admitía asimismo saber el quechua; y quienes más firmemente lo decían eran los mestizos aindiados, presididos por el maestro, de pantalones abolsados y cabellos lacios, que exigía a voces: “¡Selencio, Selencio!”.

Las constantes

Ya hemos visto tres constantes en este texto: las mujeres, la vida en la sierra, la determinación del dinero y una cuarta y definitiva por esta noche: la presencia del padre. Presencia y ausencia diríamos. Esto porque no existe un adjetivo que permita ingresar a delinear un perfil, pero sin embargo se convierte en el motor que impulsa la serie de cambios a los que se somete el personaje de la biografía. El padre siempre está allí, dinamizando la escena, cumpliendo su rol de proveedor y acompañante y a la vez determinando el futuro del grupo familiar.

El profesor Zavaleta empezó escribiendo cartas imaginarias que eran corregidas por su maestro de primaria Gerardo Lara, luego ganó un galardón con la novela corta El cínico, en 1947, al otro año publicó su primer cuento “Una figurilla”, luego las primeras revistas Centauro y Letras Peruanas, el primer premio de rango nacional con Los Íngar, y así sucesivamente se fue configurando el hombre de letras. El hombre, el profesor, el amigo. Requiem para él.

¿Quién podría vivir sin olvidar, recordándolo todo, y pretender que sigue viviendo?

Por: Jacqueline Oyarce Cruz. ORCID / Email / Google Scholar

@MediaLabUNMSM

Lima, 16 de agosto de 2019

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