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La lucha contra la desinformación en tiempos de crisis

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Por: Bruno Amoretti

“Los seres humanos no somos capaces de soportar demasiada realidad”, escribió T.S. Elliot en su poema Burnt Norton de 1936. La cita ayuda a esclarecer el panorama actual. Y aunque con el paso de los años se hace más fuerte esa temible realidad que no permite escapatoria —como ese monstruo incansable dispuesto a vulnerar los deseos—, aún buscamos proteger a nuestros cuerpos y paliar los nervios. A cambio, como indica Amanda Hess, entregamos nuestras mentes.

La búsqueda del somnífero que permite a las personas alejarse de tanto alarmismo en los medios de comunicación desemboca en las plataformas de redes sociales: espacios virtuales inesperadamente confiables como actores de difusión de información del covid-19. La crisis mundial ha puesto de nuevo en evidencia que Twitter, Facebook, YouTube, y otras redes, pueden generar la promesa rancia de democratizar la información y de organizar comunidades. Sin embargo, algo que no pueden cumplir hasta ahora es drenar el pantano de información tóxica que lee el usuario común a diario.

Algo que no pueden cumplir hasta ahora las redes sociales es drenar el pantano de información tóxica que lee el usuario común a diario.

Aquí encaja, por ejemplo, el mito de que los africanos son inmunes al covid-19, o que el papel moneda provoca el contagio inevitable. Jen Caudle, una reconocida médico de Estados Unidos, ha desmentido algunos de estos falsos discursos a través de Facebook, el mismo lugar donde, paradójicamente, se genera la desinformación que ella trata de erradicar. Fuentes oficiales y alejadas de las masas, como la página web de la Organización Mundial de la Salud, también hace un despliegue interesante en su sección “cazadores de mitos”. 

Hay una amenaza invisible que nos rodea. Fungimos de inputs inertes que reaccionan a un nivel de estimulación, mas no de discernimiento. Por eso, inescrupulosos como el  influencer de TikTok con más de un millón y medio de seguidores que cree que el covid-19 es un engaño de los medios para infundir el terror en las masas, o el canal oficial de YouTube de Navbharat Times, uno de los periódicos más importantes en la India, que asegura que el coronavirus se propaga al tomar sopa de murciélago, son los responsables directos de una guerra de información que tiene, en sus líneas de batalla, a las redes sociales como armas mortíferas. En contraposición a estas prácticas, por ejemplo, el proyecto Factcheck de la Universidad de Pennsylvania se dedica a desmentir diariamente los consejos falsos que las personas comparten entre sí en la red para combatir al virus.

Mientras el mundo colapsa, los asiduos usuarios a las más extravagantes redes sociales interiorizan su aislamiento social para convertirlo en hiperdependencia al teléfono. Foto: Justin Paget

Frente a este ciclo de incertidumbre, no solo buscamos (y soñamos) adentrarnos en el sopor del alivio que significa estar sanos, sino que, además, exploramos un propósito moral. Ha ocurrido a lo largo de la historia, cuando, en el siglo XIX, existía la idea arraigada de que un desconocido “miasma” —el responsable del cólera— afectaba solo a los pobres e inmigrantes porque siempre estaban enfermos y, por tanto, debían ser castigados o instruidos. Con ello surgió la moralización: los virus iniciaban una plaga para afligir. Con el avance de la ciencia, la humanidad entendió que más que una reforma moral, necesitábamos un sistema de higiene público y una reforma de nuestro comportamiento ambiental, aunque no los cumplamos a cabalidad.

Lo cierto es que vemos cómo aún esbozamos lógicas remotas al propagar la noticia falsa de que “el coronavirus chino” es un invento de Extremo Oriente para derrumbar a Estados Unidos de su hegemonía mundial. Y precisamente ahí está el sesgo moralizador del castigo de una potencia económica a otra. Pero lo que combate a esas historias moralizantes y conspiranoicas son esfuerzos múltiples que buscan demostrar la carencia de rigurosidad científica de ese tipo de contenidos.  Nature, una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo, ha publicado el artículo académico “El origen proximal del SARS-CoV-2”, donde se expone que, en base al análisis genético del virus, es improbable que haya sido creado en un laboratorio con genética inversa, ya que no deriva de ninguna base viral previamente usada. En contraposición, el estudio propone dos escenarios que pueden explicar de manera plausible el origen del SARS-CoV-2 (nombre real del virus que provoca la enfermedad): “(i) selección natural en un huésped animal antes de la transferencia zoonótica; (ii) selección natural en humanos después de la transferencia zoonótica; y (iii) selección durante del pasaje”.

La vida ha cambiado en formas que apenas comenzamos a entender. El “hecho social total”, concepto acuñado por el antropólogo francés Marcel Mauss, es válido para entender por qué el coronavirus se ha convertido en un fenómeno que compromete la totalidad de las dimensiones de lo social. Particular interés nos genera la ambivalencia de las sociedades tecnocientíficas, donde la innovación tecnológica es tanto un caldo de cultivo para la desinformación (inmediatez en la difusión de rumores y soporte para las noticias falsas), como una herramienta para paliarla; de ahí que se considere que las redes digitales son el principal canal de información para las autoridades y las fuentes oficiales. ¿Quién está ganando la batalla?

Pueden transcurrir horas sin darnos cuenta de que la mirada fija en el dispositivo es una señal de inamovilidad no solo espacial, sino también de realidad. Foto: Markus Daniel.

Un estudio publicado por la Universidad de Princeton enfatiza en la intervención crucial de las personas que “son centrales en una red, o ‘buenas’ en distribuir información entre pares, o aquellas que puedan incrementar la ‘diseminación’ de una información verídica y contrastada” acerca del covid-19. Pero eso no parece preponderante en los influencers de las plataformas. No es la intención viralizar este tipo de información —y en consecuencia los comportamientos ideales en esta crisis—, sino algo más lucrativo: el miedo. El temor al contagio es real. Y precisamente esas ansiedades ecuménicas que provoca la pandemia han sido aprovechadas por un oscuro negocio que implica a la internet, los dispositivos tecnológicos y, cómo no, a los medios de comunicación.

Son clásicos contemporáneos los cintillos estridentes de la escuela norteamericana (BREAKING NEWS) donde se agudiza el caos y se esparce la zozobra (en su versión castellanizada sería el típico “URGENTE”). El drama y la propagación indiscriminada del pánico solo genera ansiedad y estrés en las audiencias. Pero tampoco debemos camuflar las cifras o caricaturizar el problema. Sabemos que, al cierre de este artículo, y de acuerdo al mapa en tiempo real de la Universidad Johns Hopkins, la pandemia afecta a más de 237.000 personas y se deja sentir en 166 países del mundo. El total de muertes se sitúa en 9.819. Frente a eso, más de 84.962 personas ya se han recuperado del coronavirus.

Estos mapas muestran cómo se ha multiplicado el número de contagios de covid-19 desde el 1 de marzo, fecha de referencia de la llegada del virus a América Latina. Fuente: El País.

El Instituto Poynter ha hecho la verificación de las publicaciones más populares en redes para desacreditar la información viralizada que muchas veces es falsa. Así, podemos encontrar teorías de conspiración, noticias falsas, curas inverosímiles para el coronavirus, mapas falsos, imágenes trucadas y fuera de contexto, y más. Por eso son tan importante las guías periodísticas: sirven como paliativos y nos orientan a no caer en las falsedades más comunes sobre pandemias. Por ejemplo, algunos de los consejos más resaltantes de Poynter son 1) aprender los conceptos básicos de la enfermedad; 2) tener cuidado con los intentos de minimizar o exagerar la amenaza; 3) no compartir métodos de prevención o tratamiento sin consulta a fuentes oficiales; 4) verificar los números de casos, las tasas de mortalidad  y el número de víctimas; y 5) verificar imágenes o videos.

El proyecto periodístico contra la desinformación First Draft añade consejos como 1) evitar el lenguaje sensacionalista; 2) evitar especular o pedir a los expertos que especulen sobre los peores escenarios; y 3) pensar en el punto de inflexión al decidir qué rumores abordar. Sobre este último punto, vale hacerse las preguntas: ¿una persona influyente ha compartido el rumor?, ¿la discusión del rumor se limita a una comunidad en línea?, ¿el rumor se encuentra en más de una plataforma?, entre otras. Para complementar, la revista Scientific American distingue tres niveles de información: 1) lo que sabemos que es cierto; 2) lo que creemos que es cierto; y 3) opiniones y especulaciones.

No es sorpresa que, desde principios del 2020, y a causa de la oleada de información falsa respecto al covid-19 en internet, los principales medios digitales dedicados a la verificación de hechos hayan creado una alianza para combatir la “infodemia”. La Red Internacional de Verificación de Hechos (IFCN por sus siglas en inglés), junto a más 100 fact checkers de todo el mundo, están intercambiando y contrastando información dentro de esa batalla contra la desinformación en tiempos de una pandemia sin precedentes en el siglo XXI.

Finalmente, nos preguntamos si es posible soportar de manera contundente a esa realidad de la que se habló al inicio. ¿Podemos rasgar sus tejidos rutinarios y poner de cabeza nuestras jerarquías para situarnos en el espacio donde circula la información que necesitamos? Probablemente no por nuestra cuenta. Las redes sociales e internet en general han tenido un efecto bastante revolucionario no solo en lo que consideramos cierto, sino en lo que creemos y en cómo circulan las verdades. Ese flujo de información es adictivo. No se puede negar que la rapidez y la difusión son características extraordinarias de nuestra era; sin embargo, para la gran mayoría —el común denominador de nuestra sociedad—, las herramientas que distinguen entre historias legítimas e ilegítimas probablemente no nos importe demasiado. Internet ha contribuido, más allá de su alcance, a promover lo que es popular en lugar de lo que es verdad, gracias a su forma algorítmica. Y la fuerza con que lo hace es incalculable. Devenimos entonces en una cultura de falsedad, donde la verificación de hechos lucha y resiste. Pero ya no puede (no debe) solo contrarrestar o corregir un registro falso de información, sino aplicar un argumento persuasivo a las instituciones capaces de proporcionar normas reguladoras en una sociedad donde circulan verdades y mentiras, sin ninguna diferencia.

*La fotografía de la portada fue tomada por Busà Photography

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