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Mujeres de regiones del Perú narran abortos clandestinos e inseguros ante temor de ser criminalizadas

ALERTA: El nombre de las acompañantes permanecerán en el anonimato hasta que el aborto sea legal, seguro y gratuito.

Vía Wayka por Ghiomara Rafaele / Gráfica: Jazmín Moscoso

En mi casa, mi madre y mi tía habían abortado. Yo me enteré años después, pero recuerdo uno de esos procesos. Había pasado un mes desde la muerte de mi padre. Mi mamá ya tenía dos hijas y recién se había enterado que estaba esperando otro. No podía maternar a uno más: decidió abortarlo. Recuerdo claramente que ella empezó a sangrar cuando estaba celebrando mi cumpleaños en mi colegio. Me sacó apresurada del salón de clases. No entendía qué estaba pasando. Años después comprendí que mi madre se había inducido un aborto. Tuvo que pasar todo ese proceso sola, sufriendo sola con dos hijas pequeñas. Me conmovió tanto lo que atravesó mi madre que decidí que si tenía la posibilidad de acompañar o aprender sobre el aborto lo haría porque el proceso es muy duro, doloroso y luego algunas mujeres se sienten culpables, afirma Diana*, acompañante huanuqueña perteneciente a Amarilis feminista, una organización que no solo vela por el aborto legal, seguro y gratuito sino que se ha convertido en espacio de lucha contra la violencia machista.

Huánuco ya tiene hijas que pintan de verde sus paredes, marchan en contra de la violencia y gritan cuando intentan silenciarlas. Ellas son parte de Amarilis Feminista, una colectiva que inició sus acciones en contra de la violencia de género que aqueja a las mujeres. Sin embargo, sus actividades no se limitan a solo denunciar sino que ahora también acompañan casos de aborto. 

Abortar en Huánuco es igual de criminalizado que en Ica, en Cerro de Pasco, en Junín o en cualquier parte del Perú debido a las leyes que penalizan a las mujeres que lo hagan. Solo un caso está permitido: el aborto terapéutico, legalizado hace más de 100 años, pero es reciente la implementación del protocolo unificado y aún conserva trabas en espacios médicos. Si aún existen barreras para acceder a este derecho, en los demás casos se agudiza. Las mujeres no se han detenido a abortar. Lo han hecho en espacios clandestinos, solas, en clínicas o tomando misoprostol.

Si una huanuqueña desea abortar y tiene las posibilidades económicas necesitará entre S/ 1000 y S/ 2000. Sin embargo, si no cuenta con esa cantidad de dinero, existen muchos lugares clandestinos que realizan estas prácticas en las que miles de mujeres se arriesgan no solo a quedar infértiles, sino también a morir en una de las camillas improvisadas.

 “Si bien no existe un lugar en específico se observan al frente de los hospitales algunos laboratorios, clínicas que -cuando se acercan jóvenes para sacarse pruebas de embarazo- les ofrecen “solucionar el problema”. Otros las intimidan o asustan, les dicen: “qué hiciste”. Las recriminan”, narra Diana.

Y es que prohibir los abortos no elimina los abortos, solo hace que las mujeres se acerquen a lugares clandestinos o busquen otras alternativas como acudir a una acompañante que a través de manuales médicos o conocimientos de profesionales de salud brindan soporte emocional e informan sobre las reacciones del cuerpo ante las tres dosis de cuatro tabletas de misoprostol bajo la lengua. Diana recuerda uno de sus acompañamientos. “Fue en la pandemia. Era una mujer joven y ya era madre. Estaba desesperada, no sabía qué hacer. Ella estaba segura de que estaba embarazada, pero antes necesitaba hacerse una prueba de sangre. La prueba salió negativo”. 

Diana tenía sospechas de un uso de métodos anticonceptivos, cuando le preguntó a su acompañada, esta respondió que sí usaba. Cada vez que mantenía relaciones sexuales iba a la farmacia y compraba una píldora de emergencia. Lo que no sabía aquella mujer era que la píldora de emergencia no es un método anticonceptivo, sino uno de emergencia y el uso indiscriminado de este perjudica gravemente a la salud. 

Fuente: Wayka

Ayacucho existe y exige

En Ayacucho puedes observar iglesias en muchos lados y también stickers de «atraso menstrual» (como en algunos casos se ofrece servicios de aborto de manera clandestina), eso lo sabe Kiara*, acompañante de Huamanga y perteneciente a una colectiva que prefiere mantener en reserva el nombre. Lleva más de 10 años acompañando y la experiencia le indica en qué lugares las mujeres ingresan a una habitación sucia llena de espejos, pagan cuatrocientos soles, se echan en las camillas, levantan las piernas, se practican un aborto, se paran y se despiden del boticario. En la mayoría de casos estos procedimientos no cuentan con medidas básicas de salubridad y seguridad que asegure a la usuaria a salir con vida y, cabe recalcar, que todos son clandestinos.

Pero hay otros procedimientos, otros que se hacen en casa. Kiara recuerda que fue en pandemia y se movilizó a una zona rural. La mujer a la que iba a acompañar tenía seis hijos, se lamentaba y decía: «Dios mío, ya no puedo con mi vida, mi esposo no me trata bien». Tuvo que acompañarla en la noche, con sus seis niños. Ellos dormían en dos camas, todos juntos.

«Primero hicimos dormir a todos, luego le tuve que explicar cómo era. Le daba soporte emocional y tenía que darle seguridad, pero al mismo tiempo, yo también lo necesitaba. Mientras la acompañaba, me fijaba que los niños estuvieran dormidos. Al final, ambas nos abrazamos llorando y gritamos: ¡se logró, se logró! Luego ella empezó a imaginar su vida y dijo: ¡ay diosito, ya no podía con uno más!».

Criminalización

En Colombia, Argentina, Guyana, Guyana Francesa, Uruguay, Cuba y algunos estados de México, las mujeres pueden abortar libremente, en el Perú, no. Un estudio realizado por Salud con Lupa informó que 908 mujeres fueron denunciadas por aborto y 77 recibieron condena entre el 2016 y 2021. Esto se debe a que las leyes peruanas criminalizan a toda aquella mujer que decida sobre su cuerpo. Además, desde el Congreso se están gestando medidas que limitan y/o recortan estos derechos. Uno de ellos fue el rechazo del Legislativo a no despenalizar el aborto en casos de violación, propuesta que desde el 2014 se viene presentando. 

Uno de los fundamentos principales de la despenalización de aborto en casos de violación es la cantidad de niñas, adolescentes y mujeres víctimas. Solo en el 2022, el Centro de Emergencia Mujer ha recibido 22 348 denuncias por violencia sexual. De todos estos casos, 4 238 son niñas de entre 6 y 11 años; a pesar de magnitud, la mayor cantidad de agresiones fueron contra adolescentes de 12 a 17 años (11 524 casos). 

Debido a esta cantidad de casos, Andrea* de Cerro de Pasco decidió fundar Silveria feminista, colectiva que recién tiene dos meses de creación. La primera acción fue realizada el Día de la Madre. Sabían que sería difícil hablar sobre aborto en una de las regiones más conservadoras del país y en donde aún es un tabú hablar sobre el derecho a decidir. Algunas personas se aproximaron temerosas de hablar fuerte. “Se acercaron mujeres, hombres y adolescentes. Les hablamos sobre el proyecto Niñas, no madres, Y todXs estuvieron a favor. Las madres y adolescentes pensaban que, si en un momento se quedaban embarazadas, también lo harían. Pero no opinaban lo mismo los varones”, narra Andrea.

Y es que ese día de sensibilización se dieron cuenta que la ciudadanía de Pasco conocía sobre el aborto, algunos sabían dónde abortar, pero no lo decían, las jóvenes tenían en claro lo que querían y qué alternativa tomar si quedaban embarazadas. Pero no lo decían en voz alta, solo era un murmuro. 

Pasco cuenta con una amplia diversidad de comunidades campesinas, han acumulado un amplio conocimiento sobre las plantas medicinales y el uso de estas. Andrea observó como adolescentes y mujeres, en la desesperación, llegaban de emergencia a centros médicos tras haber consumido un brebaje de plantas compradas en centros naturistas que les prometían darle fin a su embarazo. 

Cifras

Las cifras aún no son certeras, existen aproximaciones sobre la cantidad de mujeres que deciden interrumpir su embarazo. Según la Organización Mundial de la Salud, existen cerca de 73 millones de abortos anuales y algunos no son contabilizados como tal. De eso se dio cuenta Shirley, activista por los derechos sexuales y reproductivos de la Organización Kallpa de Cusco. “Hace dos años nos llegó un caso de una madre de familia que padecía de aplasia medular o cáncer a la médula y se encontraba embarazada. En este caso era necesario proceder con el aborto terapéutico. Después de dos juntas médicas, el personal de salud decidió actuar, pero en el acta no se codificó como aborto terapéutico, sino como aplasia medular”, comenta Shirley.

Este tipo de acciones no permite observar realmente las cifras y minimiza la cantidad de mujeres que acuden a los centros médicos solicitando este servicio. Si bien en Cusco aún existen reticencias en la aceptación del aborto en cualquier situación, Shirley comenta que el 80% de la ciudadanía apoya la despenalización del aborto en casos de violación. 

Y es que en todos los lugares las mujeres abortan, algunas en clínicas, otras en camillas clandestinas de una botica. La penalización no las detendrá. Por lo pronto algunas contarán con compañeras que las acompañen, con activistas que sigan buscando implementar en las leyes la despenalización. Sin embargo, no todas pueden pedir ayuda y lo harán solas, como Andrea de Cerro de Pasco que tuvo que ir a un lugar clandestino y culminar con su embarazo porque su pareja la maltrataba. Dos años después de ese suceso, hostigada por su expareja que la llamaba asesina, conoció a la colectiva Amarilis Feminista, en donde logró encontrar la paz que tanto necesitaba. Eso la motivó a fundar Silveria Feminista con la finalidad de que más mujeres puedan estar acompañadas en estos procesos.